-TALLER 3
Encontrarás las lecturas para realizar el cuadro entre conquista y colonia:
Lectura 1:
DE LA TIERRA FIRME
Brevísima relación de la
destruición de las Indias, colegida por el obispo don fray Bartolomé de Las
Casas o Casaus, de la orden de Santo Domingo, año 1552
El año de 1514 pasó a la tierra firme un infelice gobernador,
crudelísimo tirano, sin alguna piedad ni aun prudencia, como un instrumento del
furor divino, muy de propósito para poblar en aquella tierra con mucha gente de
españoles. Y aunque algunos tiranos habían ido a la tierra firme e habían
robado y matado y escandalizado mucha gente, pero había sido a la costa de la
mar, salteando y robando lo que podían; mas éste excedió a todos los otros que
antes dél habían ido, y a los de todas las islas, e sus hechos nefarios a todas
las abominaciones pasadas, no sólo a la costa de la mar, pero grandes tierras y
reinos despobló y mató, echando inmensas gentes que en ellos había a los
infiernos. Éste despobló desde muchas leguas arriba del Darién hasta el reino e
provincias de Nicaragua, inclusive, que son más de quinientas leguas y la mejor
y más felice e poblada tierra que se cree haber en el mundo.
Donde había muy muchos grandes señores, infinitas y grandes
poblaciones, grandísimas riquezas de oro; porque hasta aquel tiempo en ninguna
parte había perecido sobre tierra tanto; porque aunque de la isla Española se
había henchido casi España de oro, e de más fino oro, pero había sido sacado
con los indios de las entrañas de la tierra, de las minas dichas, donde, como
se dijo, murieron.
Este gobernador y su gente
inventó nuevas maneras de crueldades y de dar tormentos a los indios, porque
descubriesen y les diesen oro. Capitán hubo suyo que en una entrada que hizo
por mandado dél para robar y extirpar gentes, mató sobre cuarenta mil ánimas,
que vido por sus ojos un religioso de Sanct Francisco, que con él iba, que se
llamaba fray Francisco de San Román, metiéndolos a espada, quemándolos vivos, y
echándolos a perros bravos, y atormentándolos con diversos tormentos.
Y porque la ceguedad
perniciosísima que siempre han tenido hasta hoy los que han regido las Indias
en disponer y ordenar la conversión y salvación de aquellas gentes, la cual
siempre han pospuesto (con verdad se dice esto) en la obra y efecto, puesto que
por palabra hayan mostrado y colorado o disimulado otra cosa, ha llegado a
tanta profundidad que haya imaginado e practicado e mandado que se le hagan a
los indios requerimientos que vengan a la fee, a dar la obediencia a los reyes
de Castilla, si no, que les harán guerra a fuego y a sangre, e los matarán y
captivarán, etc. Como si el hijo de Dios, que murió por cada uno dellos,
hobiera en su ley mandado cuando dijo: Euntes docete omnes gentes, que se
hiciesen requerimientos a los infieles pacíficos e quietos e que tienen sus
tierras propias, e si no la recibiesen luego, sin otra predicación y doctrina,
e si no se diesen a sí mesmos al señorío del rey que nunca oyeron ni vieron,
especialmente cuya gente y mensajeros son tan crueles, tan desapiadados e tan
horribles tiranos, perdiesen por el mesmo caso la hacienda y las tierras, la
libertad, las mujeres y hijos con todas sus vidas, que es cosa absurda y
estulta e digna de todo vituperio y escarnio e infierno.
Así que, como llevase aquel
triste y malaventurado gobernador instrucción que hiciese los dichos
requerimientos, para más justificarlos, siendo ellos de sí mesmos absurdos,
irracionables e injustísimos, mandaba, o los ladrones que enviaba lo hacían
cuando acordaban de ir a saltear e robar algún pueblo de que tenían noticia
tener oro, estando los indios en sus pueblos e casas seguros, íbanse de noche
los tristes españoles salteadores hasta media legua del pueblo, e allí aquella
noche entre sí mesmos apregonaban o leían el dicho requerimiento, deciendo:
"Caciques e indios desta tierra firme de tal pueblo, hacemos os saber que
hay un Dios y un Papa y un rey de Castilla que es señor de estas tierras; venid
luego a le dar la obediencia, etc. Y si no, sabed que os haremos guerra, e
mataremos e captivaremos, etc." Y al cuarto del alba, estando los
inocentes durmiendo con sus mujeres e hijos, daban en el pueblo, poniendo fuego
a las casas, que comúnmente eran de paja, e quemaban vivos los niños e mujeres
y muchos de los demás, antes que acordasen; mataban los que querían, e los que
tomaban a vida mataban a tormentos porque dijesen de otros pueblos de oro, o de
más oro de lo que allí hallaban, e los que restaban herrábanlos por esclavos;
iban después, acabado o apagado el fuego, a buscar el oro que había en las
casas. Desta manera y en estas obras se ocupó aquel hombre perdido, con todos
los malos cristianos que llevó, desde el año de catorce hasta el año de veinte
y uno o veinte y dos, enviando en aquellas entradas cinco e seis y más criados,
por los cuales le daban tantas partes (allende de la que le cabía por capitán
general) de todo el oro y perlas e joyas que robaban e de los esclavos que
hacían. Lo mesmo hacían los oficiales del rey, enviando cada uno los más mozos
o criados que podía, y el obispo primero de aquel reino enviaba también sus
criados, por tener su parte en aquella granjería. Más oro robaron en aquel
tiempo que aquel reino (a lo que yo puedo juzgar), de un millón de castellanos,
y creo que me acorto, e no se hallará que enviaron al rey sino tres mil
castellanos de todo aquello robado; y más gentes destruyeron de ochocientas mil
ánimas. Los otros tiranos gobernadores que allí sucedieron hasta el año de
treinta y tres, mataron e consintieron matar, con la tiránica servidumbre que a
las guerras sucedió los que restaban.
Entre infinitas maldades que éste
hizo e consintió hacer el tiempo que gobernó fué que, dándole un cacique o
señor, de su voluntad o por miedo (como más es verdad), nueve mil castellanos,
no contentos con esto prendieron al dicho señor e átanlo a un palo sentado en
el suelo, y extendidos los pies pónenle fuego a ellos porque diese más oro, y
él envió a su casa e trajeron otros tres mil castellanos; tórnanle a dar
tormentos, y él, no dando más oro porque no lo tenía, o porque no lo quería
dar, tuviéronle de aquella manera hasta que los tuétanos le saltaron por las
plantas e así murió. Y destos fueron infinitas veces las que a señores mataron
y atormentaron por sacarles oro.
Otra vez, yendo a saltear cierta
capitanía de españoles, llegaron a un monte donde estaba recogida y escondida,
por huir de tan pestilenciales e horribles obras de los cristianos, mucha
gente, y dando de súbito sobre ella tomaron setenta o ochenta doncellas e
mujeres, muertos muchos que pudieron matar. Otro día juntáronse muchos indios e
iban tras los cristianos peleando por el ansia de sus mujeres e hijas; e
viéndose los cristianos apretados, no quisieron soltar la cabalgada, sino meten
las espadas por las barrigas de las muchachas e mujeres y no dejaron, de todas
ochenta, una viva. Los indios, que se les rasgaban las entrañas del dolor,
daban gritos y decían: "¡Oh, malos hombres, crueles cristianos!, ¿a las
iras matáis?" Ira llaman en aquella tierra a las mujeres, cuasi diciendo:
matar las mujeres señal es de abominables e crueles hombres bestiales.
A diez o quince leguas de Panamá
estaba un gran señor que se llamaba Paris, e muy rico en oro; fueron allá los
cristianos e rescibiólos como si fueran hermanos suyos e presentó al capitán
cincuenta mil castellanos de su voluntad. El capitán y los cristianos
parescióles que quien daba aquella cantidad de su gracia que debía tener mucho
tesoro (que era el fin e consuelo de sus trabajos); disimularon e dicen que
quieren partir; e tornan al cuarto de alba e dan sobre seguro en el pueblo,
quémanlo con fuego que pusieron, mataron y quemaron mucha gente, e robaron
cincuenta o sesenta mil castellanos otros; y el cacique o señor escapóse, que
no le mataron o prendieron. Juntó presto la más gente que pudo e a cabo de dos
o tres días alcanzó los cristianos que llevaban sus ciento y treinta o cuarenta
mil castellanos, e da en ellos varonilmente, e mata cincuenta cristianos, e
tómales todo el oro, escapándose los otros huyendo e bien heridos. Después
tornan muchos cristianos sobre el dicho cacique y asoláronlo a él y a infinita
de su gente, e los demás pusieron e mataron en la ordinaria servidumbre. Por
manera que no hay hoy vestigio ni señal de que haya habido allí pueblo ni
hombre nacido, teniendo treinta leguas llenas de gente de señorío. Destas no
tienen cuento las matanzas y perdiciones que aquel mísero hombre con su
compañía en aquellos reinos (que despobló) hizo.
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